Antropólogos y restauradores exponen experiencias en la atención del patrimonio dañado por sismos

Por: Alejandro Camacho

En el evento, efectuado en el marco de la XXIX Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia (FILAH), hizo referencia a la creación de 11 brigadas antropológicas dedicadas, a lo largo de tres meses, a hacer un registro de daños, además de acompañar a los especialistas técnicos y gestionar, en la medida de lo posible, lo que las comunidades solicitaban.

Desde la Coordinación Nacional de Antropología (CNA), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), tras los sismos de septiembre de 2017, se desarrollaron tres ejes de trabajo: la creación de brigadas para atender a las poblaciones afectadas, la creación de una serie de talleres en torno a este fenómeno natural y su repercusión en su entorno, y la elaboración de un protocolo de cómo responder ante estas situaciones, además de la apertura de una línea de investigación antropológica que ayude a entender y a compartir las problemáticas de este tipo de fenómenos naturales con las comunidades, indicó la antropóloga María Elisa Velázquez.

Durante el Conversatorio Sismos de 2017, Recuperación de Patrimonio Cultural, celebrado en el Museo Nacional de Antropología, la coordinadora nacional de Antropología mencionó que para el área a su cargo fue un reto atender e involucrarse en la atención de los daños generados, por lo que se recurrió a los antropólogos que forman parte del Programa Nacional de Etnografía de las Regiones Indígenas, para que apoyaran en la elaboración de un reporte de emergencia en las comunidades.

“En la Coordinación Nacional de Antropología hicimos un protocolo de acciones a seguir en caso de sismo, en conjunción con otras áreas del INAH, para alertar a las brigadas que tienen que salir, cómo comunicarse con las comunidades y formar comités en las propias comunidades para que sepan cómo resguardar su patrimonio cultural”.

María Elisa Velázquez manifestó que, ante estos sucesos, “como antropólogas y antropólogos nos dimos cuenta que necesitábamos saber más de restauración, de materiales, de construcción, por lo que es necesario hacer proyectos comunes con otras disciplinas para atender a las comunidades, además de aprender de ellas, de sus experiencias en torno al rescate de sus propios bienes culturales, e incluso, viviendas tradicionales”.

En su participación, Fanny Magaña Nieto, restauradora del Centro INAH Oaxaca, quien ha trabajado en el Istmo de Tehuantepec, expuso su experiencia en ese estado, donde por medio de redes sociales se difundió un cartel donde se solicitaba a todos aquellos miembros de comunidades de templos afectados que hicieran un reporte vía WhatsApp.

“Para ello, se designó un número telefónico específico donde podían enviarnos fotografías para saber la ubicación y la gravedad de los daños. Esto nos ayudó mucho, ya que en un estado con 570 municipios y alrededor de 16 mil localidades, era prácticamente imposible para el personal del instituto visitar cada uno de estos sitios”, explicó.

Recordó que, al llegar a algunas comunidades afectadas, muchas veces, los pobladores ya habían retirado las imágenes de sus templos. Algo que como especialista del INAH le causó cierto resquemor, ya que para los restauradores las imágenes religiosas son objetos de arte que, al haber salido de su sede sin un registro, implicaba cuestiones de posibles extravíos o incluso robos, pero dada la situación, se entendió que esta acción se debió más a una cuestión de fe.

Ejemplificó que en el caso del Templo de San Vicente Ferrer, en Juchitán, tras planear cómo retirar las tallas religiosas del inmueble, la población organizada en sociedades (figura similar a las mayordomías) realizó tal labor, una vez que el INAH les indicó cómo realizarla.

“En un sitio tan afectado por el sismo como el Istmo de Tehuantepec, donde también se cayeron escuelas, viviendas, hospitales; no había agua y mucha gente dormía en las calles, me cuestioné si mi trabajo era realmente tan relevante como el de un médico, pero cuando la gente necesita de la fe para sobrellevar este tipo de catástrofes, las imágenes cobran un valor que uno jamás se imagina”, reflexionó la restauradora.

Por su parte, Pablo Vidal Tapia, restaurador perito de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, cuya labor la realiza principalmente en el estado de Puebla, destacó que tras los movimientos telúricos las comunidades no se quedaron inmóviles, y su primera acción fue resguardar las imágenes de sus templos sin esperar a la llegada de las instituciones, y a través de los mayordomos o de los responsables de los inmuebles religiosos, se hizo el traslado de las imágenes.

“En mi experiencia, se acompañó a los arquitectos para dar atención a los bienes muebles e inmuebles por destino dañados. Mediante actas de hechos se hizo el registro de este patrimonio que sería reguardado en sitios seguros”, finalizó.

Autor entrada: