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Anabell Ávalos impulsa reforma para sancionar el desinterés y la falta de responsabilidad legislativa

Una iniciativa necesaria, pero reveladora de un poder desgastado

Por Félix Muñiz

 

 

En un país donde la clase política parece más preocupada por la comodidad del cargo que por el cumplimiento de sus funciones, la iniciativa de la senadora del PRI por el Estado de Tlaxcala Anabell Ávalos Zempoalteca, llega como una bofetada necesaria.

Su propuesta de reforma constitucional para sancionar a los legisladores que se duermen, se ausentan o realizan actividades ajenas durante las sesiones, pone el dedo en una llaga que la ciudadanía conoce demasiado bien: el desinterés y la irresponsabilidad legislativa.

Durante la sesión ordinaria del Senado Anabell Ávalos propuso añadir un segundo párrafo al artículo 64 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, con el fin de imponer descuentos salariales y, en casos de reincidencia, la separación del cargo. En palabras de la senadora, el objetivo es erradicar “la simulación, el desdén y la falta de compromiso en la labor parlamentaria”. Una declaración contundente, aunque también un reflejo de la decadencia institucional que hoy carcome al Congreso mexicano.

La legisladora tlaxcalteca Ávalos Zempoalteca afirmó que representar al pueblo es un honor y una responsabilidad, no un privilegio ni una oportunidad para el ocio. Y tiene razón: los curules no son asientos de descanso ni espacios para ver televisión o navegar en redes sociales. Sin embargo, el simple hecho de que sea necesario proponer una ley para obligar a los legisladores a cumplir su trabajo evidencia la profundidad del problema. ¿Hasta qué punto ha llegado el deterioro del compromiso político en México que ahora se deben establecer sanciones para el desinterés?

La senadora también recordó los escándalos recientes en los que algunos representantes fueron captados dormidos o fuera del recinto mientras pedían registrar su asistencia. “Es un acto de vergüenza y una falta total de respeto al mandato popular”, declaró. Lo lamentable es que estos episodios, lejos de ser excepciones, se han vuelto costumbre en un Congreso plagado de ausentismo, improvisación y apatía.

La comparación de Anabell Ávalos con cualquier centro de trabajo resulta especialmente pertinente. En el sector privado, quien incumple sus funciones enfrenta sanciones o despido inmediato; en cambio, en el Congreso los legisladores cobran su salario íntegro incluso si apenas pisan el recinto. De ahí que su propuesta no solo busque disciplinar, sino recuperar la confianza ciudadana en una institución que ha perdido credibilidad.

“El pueblo no elige legisladores para que duerman o vean televisión durante las sesiones”, enfatizó Ávalos, señalando una verdad incómoda que pocos se atreven a decir en voz alta. Pero más allá del discurso, la reforma también pone en evidencia que el problema no es solo de normas, sino de ética, de convicción y de respeto a la democracia.

Si bien su iniciativa puede parecer drástica, resulta urgente. México necesita limpiar la imagen de su Congreso, dignificar la labor legislativa y recordar a los representantes que su deber es con la nación, no con su comodidad.

La propuesta de Anabell Ávalos Zempoalteca es un paso firme hacia la rendición de cuentas, pero también una radiografía del colapso moral que vive el poder legislativo. Ojalá no quede, como tantas otras reformas, en un discurso de buena intención sin consecuencias reales. Porque sancionar la flojera y el desdén no debería ser una novedad, sino una obligación elemental de todo servidor público.

 

 

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