Hablamos de un hospital que costó millones de pesos al erario, que fue presentado como símbolo de reconstrucción y esperanza para Guerrero
Por Félix Muñiz

Lo ocurrido en las últimas semanas con el Hospital de Especialidades del ISSSTE en Acapulco no solo es indignante: es una postal brutal del colapso institucional que atraviesa el sistema de salud en México.
Así lo denunció el coordinador de los senadores del PRI, Manuel Añorve Baños, al señalar que este hospital ha resultado ser más útil para los mapaches que para los enfermos. Y la frase, por dura que parezca, se queda corta frente a la realidad.
El senador priista por el Estado de Guerrero Manuel Añorve planteo que se está hablando de un hospital que costó millones de pesos al erario, que fue presentado como símbolo de reconstrucción y esperanza para Guerrero, y que ha sido inaugurado tres veces sin estar plenamente operativo. Tres inauguraciones, tres actos de simulación política, tres intentos de vender una mentira como logro. Hoy, ese edificio que debía salvar vidas es noticia nacional porque mapaches 🦝 pasearon por sus quirófanos, como si se tratara de una bodega abandonada y no de un espacio de alta especialidad médica.
Pero la escena raya en el absurdo total dijo Añorve Baños cuando se confirma que, además, el hospital compartió espacio —y ruido— con una feria popular instalada justo a un costado. Juegos mecánicos, bocinas a todo volumen, basura, tráfico y caos conviviendo con un supuesto centro hospitalario de especialidades. No es solo una mala decisión administrativa: es una falta de respeto mayúscula a los pacientes, al personal médico y a la inteligencia de la sociedad.
Un hospital de alta especialidad requiere silencio, control sanitario, orden, seguridad y dignidad. No es un capricho, es una condición básica para la recuperación de los pacientes y para el correcto desempeño del personal de salud. La tranquilidad no es un lujo; es parte del tratamiento. Pretender que una feria y un hospital pueden coexistir es la prueba de que quienes toman decisiones no entienden —o no les importa— lo que significa la atención médica.
El problema es aún más grave cuando se revela que el hospital no opera realmente como hospital de especialidades. Si solo hay algunos consultorios y no servicios médicos de alta complejidad, entonces estamos frente a un fraude institucional: se desperdició un proyecto que se vendió como emblema de la reconstrucción de Acapulco, se engañó a la población y se levantó un elefante blanco que hoy parece servir más como refugio de animales que como centro de salud.
Todo esto ocurre mientras el sistema de salud nacional está en ruinas. En hospitales de todo el país faltan medicamentos, insumos básicos, jeringas, gasas y personal. Médicos y enfermeras trabajan al límite, pacientes esperan meses por atención y las familias cargan con los costos del abandono gubernamental.
Frente a esa realidad, resulta ofensivo inaugurar hospitales que no funcionan, permitir ferias donde debería haber silencio clínico y seguir simulando que todo está bien. El Hospital del ISSSTE en Acapulco no es un accidente: es el reflejo de un gobierno que prefiere el espectáculo a la responsabilidad, la propaganda a la salud y la simulación a la dignidad humana.
