Las misiones en Tierra y en el espacio son cada vez más caras, y por ello se necesita de la colaboración internacional para llevarlas a cabo, afirmó Joel Sánchez Bermúdez
Por Félix Muñiz
La ciencia, especialmente en el campo de la astronomía, se encuentra en una era de avances impresionantes, pero también enfrenta retos significativos debido a los costos cada vez más elevados de las misiones tanto en Tierra como en el espacio.
El investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM Joel Sánchez Bermúdez, destacó la necesidad de la colaboración internacional para llevar a cabo proyectos científicos de gran escala, pues las misiones modernas requieren tecnología avanzada y, a menudo, son tan costosas que ningún país o institución puede afrontarlas de manera aislada.
La astronomía contemporánea se distingue por su fuerte componente tecnológico, que permite observar detalles cada vez más finos del universo. “Hoy necesitamos tecnología más sofisticada para estudiar la estructura estelar o realizar grandes catastros de estrellas y galaxias, lo que nos permite entenderlas de manera más completa y estadística”, comentó Sánchez Bermúdez. Los avances en este campo dependen de la creación de instrumentos tecnológicos específicos que permiten explorar el cosmos con precisión, tales como telescopios y misiones espaciales de última generación.
El catedrático de la UNAM Joel Sánchez enfatizó que la astronomía moderna ha evolucionado hacia una ciencia multidisciplinaria, en la que no solo participan astrónomos que observan y analizan datos, sino también ingenieros de diversas especialidades, como electrónica, óptica y mecatrónica, que son los encargados de desarrollar y construir los instrumentos necesarios. Estos avances tecnológicos son clave para el progreso de la disciplina, y muchos de los descubrimientos que se realizan hoy no serían posibles sin la invención de tecnologías como el telescopio de Galileo, el cual, aunque básico comparado con los actuales, permitió por primera vez observar el cielo con detalle.
El costo de las misiones actuales es uno de los grandes desafíos. Según Sánchez Bermúdez, “es muy difícil que hoy una sola institución o país pueda aportar la infraestructura tecnológica de punta necesaria para ser competitiva”. Por ejemplo, el Telescopio Extremadamente Grande (ELT), que está en construcción en el desierto de Atacama, Chile, contará con un espejo primario de 38 metros de diámetro. Este telescopio, denominado el “ojo más grande del mundo en el cielo”, es posible gracias a la colaboración de más de veinte países que conforman el Observatorio Europeo Austral (ESO). La fabricación de un instrumento de esta magnitud solo es viable mediante un esfuerzo conjunto internacional.
Otro claro ejemplo de colaboración es el Observatorio ALMA (Atacama Large/Millimeter Array), un conjunto de 66 antenas ubicadas en el norte de Chile. Este interferómetro es el resultado de la cooperación entre la ESO, el Observatorio Nacional de Radioastronomía de Estados Unidos (NRAO) y la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA), lo que demuestra la necesidad de unir recursos y conocimientos para realizar proyectos científicos de gran envergadura.
Además de los avances tecnológicos, las misiones actuales también buscan mejorar la resolución de los fenómenos astronómicos. El Telescopio del Horizonte de Eventos, por ejemplo, trabaja en red para observar los agujeros negros, permitiendo captar imágenes de sus sombras. Misiones como Gaia, de la Agencia Espacial Europea, realizan grandes catastros de estrellas, observando cientos de miles de ellas a lo largo del plano de la galaxia, lo que permite un análisis más profundo de su distribución y características.
Por último, equipos como el Telescopio Espacial James Webb, especializado en la observación en luz infrarroja, están permitiendo a los científicos ver más lejos y más profundo que nunca, revelando incluso galaxias en sus primeras etapas de formación, cuando el universo aún era muy joven.
En conclusión, la astronomía moderna no solo depende de la tecnología avanzada, sino también de la cooperación internacional para afrontar los costos y los retos que plantea el estudio del cosmos. Solo a través de esfuerzos conjuntos será posible continuar con los avances que nos permiten comprender mejor el universo en el que vivimos.