Mientras Claudia Sheinbaum intenta culpar al pasado, los hechos apuntan al fracaso de la política de “abrazos, no balazos” que ha sembrado impunidad entre los jóvenes durante el sexenio obradorista
Por Félix Muñiz

El coordinador de los senadores del PRI, Manuel Añorve Baños, lanzó una denuncia severa y contundente: el asesino de 17 años del alcalde Carlos Manzo no es producto del pasado, sino resultado directo de la generación moldeada bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, una juventud que creció en un país donde la impunidad se convirtió en norma y la justicia, en excepción.
El senador del PRI por el Estado de Guerrero Manuel Añorve señaló que los datos son contundentes. El joven homicida tenía apenas diez años cuando Enrique Peña Nieto concluyó su mandato en 2018.
Es decir, toda su adolescencia (etapa decisiva para formar valores y entender el papel de la ley) la vivió bajo la política del “abrazos, no balazos” impulsada por López Obrador.
Durante esos años, la administración federal optó por la indulgencia frente al crimen, desmanteló estructuras de seguridad, y envió un mensaje devastador: delinquir no tiene consecuencias.
Pese a ello, la presidenta Claudia Sheinbaum intenta culpar al pasado por la ola de violencia que sacude al país. Pero los hechos la contradicen. El asesinato de un alcalde a manos de un menor no puede explicarse como herencia del viejo régimen; es el resultado visible de una política fallida que confundió pacificación con permisividad y que dejó a los jóvenes a merced de la cultura del crimen.
El político guerrerense Manuel Añorve no se guardó palabras: denunció que el gobierno de López Obrador sembró impunidad y hoy cosecha sangre. Y tiene razón. La violencia que hoy se extiende por todo el territorio no es espontánea ni ajena; es el fruto amargo de una estrategia que debilitó al Estado, abandonó la prevención y renunció a la justicia.
Durante años, el discurso oficial promovió una visión romántica del delincuente, al que se debía comprender en lugar de perseguir. Pero la realidad desmiente esa narrativa: los jóvenes formados bajo el sexenio obradorista han visto cómo el crimen organizado crece sin obstáculos, cómo los delincuentes son liberados y cómo los crímenes de alto impacto quedan impunes. Aprendieron, pues, que el poder se rinde y la ley no existe.
Este caso no es un hecho aislado: es un síntoma del fracaso de una doctrina política que debilitó la autoridad moral y legal del Estado. La presidenta Sheinbaum pretende lavarse las manos acusando a gobiernos anteriores, pero las fechas y los hechos son claros. No se puede culpar al pasado de lo que se incubó en el presente.
El asesinato del alcalde Carlos Manzo no es una tragedia producto de la historia: es la consecuencia directa de un sexenio que normalizó la impunidad. La generación de los “abrazos” se ha convertido en la generación de los disparos. Y ese es, sin duda, el legado más oscuro del lopezobradorismo.
