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Salón de belleza en el Senado exhibe contradicciones de Morena y deja sola a Laura Itzel Castillo

Este servicio se tenía establecido para todo el personal, pero en el 2018 con la llegada de Morena se argumentó que por la austeridad se cerraba

Por Félix Muñiz

 

 

Mientras el discurso oficial de Morena insiste en la austeridad republicana y en la eliminación de privilegios dentro del servicio público, en el Senado de la República opera discretamente un salón de belleza que contradice, sin rubor alguno, esa narrativa.

El espacio, ubicado en el segundo piso del recinto legislativo, ha generado una oleada de críticas y cuestionamientos que alcanzaron directamente a la presidenta del Senado, Laura Itzel Castillo Juárez, quien terminó deslindándose de la reapertura de la estética tras hacerse pública su existencia.

 

 

Lejos del pleno, de las reformas constitucionales y de los debates que supuestamente definen el rumbo del país, el salón funciona como una estética convencional: sillas de estilizado, espejos, lavabo, herramientas de maquillaje y un área de espera. No hay anuncios visibles ni aparece en los directorios oficiales del Senado, pero entre el personal legislativo es un “secreto a voces”, particularmente por el uso frecuente que hacen senadoras de Morena, sobre todo en días de sesión.

De acuerdo con testimonios internos, el salón es utilizado principalmente los martes y miércoles, de 7:00 a 14:00 horas, justo cuando se celebran las sesiones ordinarias.

Mientras en el pleno se pronuncian discursos sobre justicia social y combate a los excesos del pasado, en este espacio se retocan peinados, se afinan maquillajes y se cuida la imagen política de quienes dicen representar la sobriedad del movimiento.

Las versiones que apuntan a que el espacio habría sido habilitado para la senadora morenista Andrea Chávez Treviño, aspirante a la gubernatura de Chihuahua, fueron rechazadas por la presidencia de la Mesa Directiva. Sin embargo, la falta de claridad sobre el origen del mobiliario, la figura legal del salón y las condiciones bajo las cuales opera no hace sino profundizar la sospecha.

La polémica es mayor si se recuerda que en 2018, con la llegada de Morena como mayoría en el Senado, el mismo salón fue clausurado por considerarse un símbolo de ostentación, precisamente por haber sido impulsado originalmente por el PRI. Hoy, bajo la misma bandera política que prometió erradicar esos excesos, el espacio vuelve a funcionar sin reglas claras y con una defensa institucional que suena más a justificación que a explicación.

Laura Itzel Castillo aseguró que los servicios no son financiados con recursos públicos y que cada senadora paga de su bolsillo. También defendió la “necesidad” de una buena presentación para las sesiones y reconoció no contar con información precisa sobre la concesión o administración del espacio. Esa admisión, lejos de cerrar el tema, lo agrava: ¿cómo puede operar un servicio dentro del Senado sin que la presidencia conozca su estatus legal?

El salón de belleza del Senado no es solo un asunto de maquillaje y peinados. Es el reflejo de una contradicción profunda entre el discurso de austeridad y la práctica cotidiana del poder. Una muestra más de que, cuando se trata de privilegios, Morena ya no es tan distinto de aquello que prometió erradicar.

 

 

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