“No aceptamos esta actitud de brazos caídos de nosotros, ya hicimos lo que se podía
Por Félix Muñiz

La declaración del canciller Marcelo Ebrard, asegurando que “México hizo todo lo que tenía que hacer” para evitar la imposición de aranceles por parte del gobierno de Donald Trump a partir del 1º de agosto, ha generado una tormenta política.
Pero más allá de la controversia, lo que realmente desata indignación es el tono resignado e inaceptable de una administración que parece haber tirado la toalla mientras la economía mexicana se tambalea.
Desde el Senado, Ricardo Anaya, coordinador de los senadores del PAN, fue contundente en su crítica: “No aceptamos esta actitud de brazos caídos de nosotros, ya hicimos lo que se podía. No. Exigimos al gobierno que hagan todo lo que esté en sus manos para evitar la imposición de aranceles el 1º de agosto, porque si se imponen esos aranceles va a ser la debacle para la economía mexicana que ya de por sí viene en picada”. La advertencia no es exagerada.
La economía nacional enfrenta ya un entorno de incertidumbre, y la posible imposición de aranceles por parte de EE.UU. podría ser el golpe final para sectores productivos clave.
El tono derrotista del gobierno federal, reflejado en las declaraciones de Ebrard, se interpreta como una rendición diplomática anticipada. El problema no es solo de forma, sino de fondo: en lugar de una estrategia clara, firme y proactiva, el gobierno de López Obrador parece limitado a esperar que Washington “haga lo correcto”, como si la geopolítica internacional se rigiera por códigos morales y no por intereses estratégicos.
El dirigente nacional del PRI Alejandro Moreno Cárdenas, fue más allá al calificar de “indignas” las declaraciones del canciller y de la Secretaría de Economía. “Lo lamentable para el país es que estén muertos de miedo, sin poder negociar ni presentar opciones.
Si el PRI estuviera en el gobierno, esto jamás habría sucedido”, dijo tajante. Y con razón. México se encuentra atrapado entre el miedo al castigo arancelario y la incapacidad de su cancillería para articular una defensa sólida de sus intereses comerciales.
Mientras tanto, desde Morena, Alfonso Ramírez Cuéllar intentó justificar la postura gubernamental destacando los esfuerzos hechos para cumplir con compromisos bilaterales: desde el control de flujos migratorios hasta las nuevas medidas fiscales aplicadas a plataformas extranjeras como Shein y Temu.
Pero cumplir no es lo mismo que negociar. La diplomacia no consiste solo en marcar palomitas en una lista de tareas; se trata de defender con firmeza la soberanía económica y los intereses de millones de trabajadores, productores y empresarios mexicanos.
La afirmación de Marcelo Ebrard de que “México hizo todo lo que tenía que hacer” no solo es políticamente torpe: es una confesión de impotencia. La responsabilidad del gobierno no termina cuando se agotan los argumentos, sino cuando se obtienen resultados. Y si el 1º de agosto se activan los aranceles, no bastará con discursos ni excusas. Habrá consecuencias económicas graves: inflación, desempleo y una pérdida masiva de competitividad regional.
México merece una política exterior que enfrente las amenazas, no que se conforme con haber “hecho lo posible”. Porque en diplomacia, como en economía, los resultados son lo único que cuenta.
