“La soberanía no se defiende cerrando puertas, sino ejerciendo liderazgo”, acusa aislamiento y simulación de Morena
Por Félix Muñiz

El hallazgo y desmantelamiento de un narcolaboratorio en Chihuahua no solo volvió a encender las alertas por la expansión del crimen organizado; también dejó al descubierto la fragilidad de una estrategia de seguridad que presume soberanía mientras evade cooperación, inteligencia y resultados manifestó el dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas.
Con tono frontal, el también senador del PRI Alejandro Moreno acusó que el caso Chihuahua es una prueba contundente de que el gobierno de Morena ha optado por una política de simulación frente a un fenómeno criminal cada vez más sofisticado y trasnacional.
Su señalamiento no es menor: mientras el discurso oficial insiste en una supuesta defensa de la soberanía, los hechos dice “Alito” Moreno revelan aislamiento, improvisación y omisión.
El legislador campechano priista Moreno Cárdenas sostiene que México no puede combatir solo a estructuras criminales que operan con redes internacionales, financiamiento transfronterizo y capacidad logística superior a muchas instituciones del Estado.
Sin embargo, acusa que la actual administración ha convertido la cooperación con aliados estratégicos, particularmente Estados Unidos, en un tema ideológico y no de seguridad.
La crítica es punzante porque toca uno de los puntos más sensibles del oficialismo: la narrativa soberanista. Para el líder priista, se ha usado la soberanía como escudo político para cerrar puertas, ocultar información e incluso justificar una política permisiva frente al crimen organizado.
“No se defiende la soberanía aislándose, sino ejerciendo liderazgo”, advirtió, al plantear que operaciones conjuntas, intercambio de inteligencia y coordinación efectiva son indispensables para contener la violencia.
El episodio en Chihuahua no aparece, así, como un caso aislado sino como síntoma de una estrategia agotada. En un país donde los cárteles diversifican operaciones y desafían abiertamente al Estado, insistir en una política reactiva parece, para sus críticos, más una renuncia que una estrategia.
Moreno fue más allá al cuestionar la reacción de Morena en el Senado, donde, aseguró cada vez que hay acciones contundentes contra el crimen aparecen descalificaciones, presiones e incomodidades políticas. La insinuación es dura: pareciera que combatir de fondo a las organizaciones criminales incomoda más al poder que a los propios delincuentes.
También reivindicó el papel de soldados, marinos y elementos de la Guardia Nacional, a quienes reconoció por enfrentar diariamente una guerra no declarada, pero subrayó que con recursos insuficientes y respaldo político limitado.
El contraste es inevitable: se exalta a las fuerzas armadas en el discurso, pero se les deja operando en medio de una estrategia errática.
Desde la oposición, el PRI intenta colocar otra narrativa: cooperación internacional como herramienta, no como cesión; inteligencia compartida en vez de opacidad; decisiones firmes por encima de improvisaciones.
La crítica de Moreno puede leerse también como un golpe político a la principal promesa incumplida del oficialismo: pacificar al país. Porque mientras Morena insiste en defender una estrategia cuestionada por sus resultados, Chihuahua vuelve a recordar que el crimen no espera debates ideológicos.
La pregunta de fondo no es si México debe cooperar con sus aliados, sino cuánto más puede resistir sin hacerlo. Y en ese vacío estratégico, lo ocurrido en Chihuahua parece menos una excepción que una advertencia.
