Encuesta de Emmi revela dificultades crecientes para regular emociones y resolver conflictos; el desafío interpela a familias y escuelas ante la necesidad de fortalecer las habilidades socioemocionales desde la infancia
Por Félix Muñiz

Aceptar un “no”, enfrentar una derrota o reconocer que las cosas no siempre salen como se desea son experiencias cotidianas del crecimiento. Sin embargo, ocho de cada 10 docentes consideran que sus alumnos tienen hoy mayores dificultades para manejar la frustración, regular sus emociones y resolver conflictos que hace apenas dos o tres años, según una encuesta realizada por Emmi.
El dato, presentado en el marco del Día Mundial de la Salud Mental, plantea una reflexión que va más allá del comportamiento infantil: ¿están las familias y las escuelas ofreciendo herramientas suficientes para que niñas y niños aprendan a enfrentar las dificultades sin desbordarse emocionalmente?
La encuesta no demuestra por sí sola que las nuevas generaciones tengan menos tolerancia a la frustración, pero sí recoge una percepción extendida entre los docentes que merece atención. El desafío consiste en comprender qué factores intervienen y evitar que las dificultades emocionales se reduzcan a una supuesta falta de disciplina o se atribuyan exclusivamente a los niños.
Entre las recomendaciones de los maestros para el entorno familiar, 53% señaló la importancia de mantener rutinas y límites claros, mientras que 27% destacó la necesidad de hablar con los menores sobre sus sentimientos y ayudarlos a identificar sus emociones. Otro 12% consideró prioritario dedicar tiempo de convivencia sin distracciones y 5% recomendó practicar ejercicios de regulación, como respirar o hacer pausas.
Las cifras revelan una tensión importante: aunque se reconoce la necesidad de fortalecer las habilidades socioemocionales, estas no siempre ocupan un lugar central en la vida cotidiana. En medio de las responsabilidades laborales, las pantallas y las exigencias familiares, escuchar a un niño, acompañar su enojo o ayudarlo a resolver un desacuerdo puede convertirse en una tarea postergada.
No obstante, proteger a la infancia de toda incomodidad tampoco es la respuesta. La frustración forma parte del aprendizaje y eliminar cada obstáculo puede impedir que los menores desarrollen autonomía, paciencia y capacidad para resolver problemas. Acompañar significa permitirles equivocarse, intentarlo nuevamente y pedir ayuda cuando la necesiten.
Por ello, los especialistas de Emmi proponen cinco prácticas: establecer límites consistentes, poner nombre a las emociones, permitir que los niños intenten resolver dificultades, practicar la calma antes de los conflictos y mantener una comunicación permanente entre familias y escuelas.
Sofía Meillon Pantoja, psicóloga y consultora de Emmi, subrayó que el aprendizaje emocional requiere continuidad entre ambos entornos. La colaboración con los docentes, añadió, permite reforzar en casa las herramientas que los niños practican en el aula.
La Organización Mundial de la Salud señaló en junio de 2025 que los programas escolares de aprendizaje socioemocional y prevención del acoso pueden favorecer el bienestar y el desempeño académico, además de reducir conductas de riesgo.
En esa dirección, Emmi desarrolla un programa para preescolar que integra principios de la Nueva Escuela Mexicana y el marco CASEL, mediante cuentos, juegos y dinámicas para trabajar empatía, regulación emocional y resolución de conflictos.
La discusión de fondo no debería centrarse en etiquetar a los niños como más frágiles, sino en revisar las condiciones en las que crecen. Aprender a tolerar la frustración exige límites, escucha y oportunidades para equivocarse. La responsabilidad es compartida: educar emocionalmente también significa enseñar que sentir enojo o tristeza es válido, pero que existen maneras de expresar esas emociones sin lastimar a los demás.
